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Algunos fragmentos de Pierre-Albert Jourdan

Traducidos del francés por Julia Azaretto

 

 

Creer en las palabras como zapatos y no como alfileres de fijación.

 

Habría que hablar por encima de sí, como cuando se ayuda a alguien a atravesar un muro.

 

Desaprender para abrirse.

 

De la manera en que puedas deslizarte en el mundo depende la manera en que el mundo se deslizará en vos.

 

No son las nubes amenazadoras. Es la fijeza de la mirada que las ignora.

 

La sacralidad del gesto: el anti-desorden.

 

El vacío de tu espíritu lleva la escala.


El Tao dice: “Prefiere estar desparramado como las piedras”.
La idea de muro se le fue de la cabeza.

 

Sueño con un pensamiento que me realizara…
¿Flor o bastón? Bastón, sin duda, para evitarme el adormecimiento.

 

El aire está apasionado. Y vos sólo sentís el cansancio, la torpeza. ¿Este almendro rosa frente al verde del ciprés y al azul potente del cielo? No, evidentemente, vos no llevás los colores. Deslavado, trapito.

 

Con una curva de colina como compañera en la bruma del atardecer. Desaparecer ante ella. Esforzarse por devolver esta cortesía enteramente natural, sin esfuerzo.

 

No busques, olvidá todo este fárrago. Sólo acercate a esta mata de tomillo. Hay tanto que olvidar. La desmesura de la acción, la herida de la acción. Reducí tus gestos. Quedate acá, cerca del movimiento de las hierbas a la altura de tu rostro. Hundite. Accedé a este único ritmo.

 

Tenés todo el follaje para desaparecer. Y cuando desaparezca el follaje, vos te convertirás en follaje.

 

También es una catedral el almendro en flor zumbando de abejas.

 

El zócalo de luz, a través de lo fugitivo.

 

Ofrenda: como deslizamiento de una mano ausente.

 

Temblor de la mañana. Soplo tan liviano que pareciera mensajero. Follajes acariciados sin ruido. Manso aseo. Simple mensajero, portador de bálsamo, del licor de la vida. Mensajero que borra las murallas sólo deja una fachada. Que te deje esta fachada, y que la borres, que puedas ir hacia el mensajero. No necesitás derrochar tus fuerzas. ¿Cómo decir? Es un trabajo de espíritu a espíritu, de eliminaciones sucesivas. El mensajero está inmóvil, te ve nombrar las distancias, pero ¿qué podría saber él del alejamiento, él que es proximidad, que es mañana?

 

No agregues nada. Mantené la distancia. No dejes que la emoción sumerja a este paisaje.

 

En la cumbre, entre los pastos.

 

A esta hora en que comienza el concierto de los sapos y se va amplificando, el apaciguamiento llega hasta ustedes, deslizándose del vegetal para rodearlos con la misma solicitud. Como un chal sobre los hombros, casi a ese punto físico. Uno se aleja de sí. Se encuentra mezclado, anónimo, a un consentimiento que, subiendo, borra los límites entre cielo y tierra.

 

Celebrar, celebrar… sólo eso.

 

Éxtasis. No encuentro otra palabra, no hay palabras para calificar este momento, esta calma. Vapores de pasto como sahumerios. Y esta subida de la tierra. Siento una especie de fiebre, como si mi cuerpo reaccionara a esta comunicación (comunión). Si me dieran alas, inmediatamente las pondría en el pasto como ofrenda.

 

Es algo así como una salutación. Inclinarse. Inclinarse porque erguido.

 

Con el pasto y el fuego: he aquí la escala. 



Son torrentes de luz en los que el vegetal se deja llevar. Un acto de fe. El miedo no entra en este mundo rebosante, este balbuceo verde.

 

Las nubes dibujan el Soplo.

 

No basta con descubrir esta maravillosa luz en las crestas de los olivos, todavía falta que en vos haya un eco.

 

Toda una filosofía al alcance del pasto. Aprender a masticar esta enseñanza.

 

La planta no teme el retorno de la helada. Se entrega en su floración prematura. Es arrojo al borde del precipicio. En el corazón mismo de la verdad, rosa como un cielo que anuncia un viento violento.



Hacer un lugar a la desnudez, a la confianza, a la ofrenda. Saber, enfrente, simplificarse.

 

El ruido de las hojas del cuaderno maltratadas por el viento: ¡no lo olvides!

 

Aceptá que venga así el mundo, dormilón del sentido.

 

El paisaje es mortal cuando se encenaga en el espíritu. Dejá de mirarlo, ya no es el paisaje.

 

La vía en la que circulás está libre, prisionero.

 

Subimos, me parece…
Pues claro, es innegable que subimos. Pero lo importante sería saber
quién sube.


¿Qué respuesta querrías escuchar? Es inútil preguntar, decime, simplemente, qué respuesta querrías escuchar. Buscá.


Situarse en una vasta perspectiva histriónica. 


Sos feliz con tu papelito. El mecanismo funciona. Doblegado a esta artimaña ¿lo sabés? Pero esta artimaña, querido, no adormece.

 

Hacerse un día como decimos hacerse un hueco. Pero sin enterrarse. Aireándose. Con palabras, por supuesto, pero también con la distancia que el derrape de las palabras te puede aportar. Alejarte de una soberanía sospechosa.

Amuletos de palabras, fósforos usados1


En un cortísimo lapso de tiempo la niebla invadió todo. ¿Por qué esta opresión liviana? ¿No es tu mundo verdadero?

 

Comunión de los cerezos. Participar sólo con una sombra alivianada.

 

Golpeado contra los obstáculos ¿podés bendecir los obstáculos?

 

El desastre íntimo es la única fuente.

 

¿Cómo podríamos desolidarizarnos de la muerte que todos llevamos dentro, que nos pertenece de la misma manera que le pertenecemos? Lo ideal sería abrirle un espacio en el que el encuentro fuera digno. Una especie de cortesía suprema en la cual la savia de las salutaciones triunfaría contra los gemidos. Pero este espacio sólo está incluido en lo impensable del salto, en el movimiento de balanza que anula el otro espacio, en donde creíamos avanzar… Más íntima la muerte, con su extenso cortejo, más cercana quizás, aún más proveedora de espacio, aquí mismo, y quién sabe, allá. Allá donde las quimeras se hielan.

 

Escucho caer el veredicto de un higo: esta hoja ancha que de repente se ahoga contra la tierra.

 

Salida, como deslizarse por descuido en una ciudad, una muchedumbre, como descubrirse a la vez despojado y protegido. Como aterrorizarse con esas siluetas grotescas de las que toda vida verdadera parece haberse retirado. Nadamos en plena deserción. El choque es tanto más fuerte cuanto que nos sentíamos despojados, frágiles, con una especie de angustia (ojalá que no me pase nada en la calle) que no quiere ceder. Pienso en las máscaras de Ensor. La gran danza macabra, el carnaval de la inconsistencia. Por Dios ¿cómo hacer para que la vida encuentre la loca dignidad que debería caracterizarla? ¿O acaso mi vista está tan deformada? Despojado –decía– y protegido. Al margen, en un banco. No un tonel, no. Y algunos resplandores que mantengo aún, al resguardo, en el hueco de las manos como una llama vacilante, como una promesa que seguirá siendo promesa.

 

Como si se hiciera un gran vacío y vos te agotás queriéndolo llenar, pero el corazón se rehúsa. No hay elección posible. Todo está en su lugar, todo existe tan fuerte. No te muevas, dejá simplemente crecer en vos este amor que es, de hecho, el único contrapunto. Este amor que no se apega.

 

Con esta luz lo que retenemos (no necesariamente con gusto, pues en realidad se impone) es la mansedumbre del instante. Racimo de uva criado en la luz. Algo parecido. Que viene a los labios. Pronunciar las gracias en voz muy baja, sin espantar nada.

 

Es cierto que merodeamos sin cesar alrededor de este espacio sin espacio en el nunca entramos vivos. A veces parece, incluso, que nos constituye. Pero tenemos la maldita costumbre de mirarlo al revés: el temor que nos inspira tal vez sólo sea el miedo de la vida. Sí, incluso es seguro.

 

 

Cosido de azul

 

Curiosa manera del silencio la de imponer el canto de ese gallo lejano, de revertir las estaciones, de traer al gusto el verano durmiente, eterno. Esta solar infancia. Visita del silencio. Aquí, rodeado de presencias más fuertes que un invierno. Aquí donde casi la palabra me ha sido retirada, se me ha entregado este deslizamiento, no fatalista sino como una resignación más alta, por ejemplo este diálogo mudo es mucho más importante, la verificación del lugar no necesita palabras y pasa únicamente por el cuerpo como si una fuente irrigase. Tres puntos luminosos en donde se esconde el sol detrás de una masa gris, es un signo y se convierte en esas humaredas lejanas al pie del monte, en petirrojo sobre una rama desnuda de almecino, en la mano que tropieza en el papel. Movilidad del signo pero también profunda mutación del ser. ¡Las barreras son tan livianas! ¿Viste eso con qué ojos? Los ojos de aquel que quemaba. Y lo ignoraba. Como ignoro el temporal de nieve en la montaña y como me aspira ahora, me entrega a la presencia deslumbrándome. Este yo pulverizado es mi yo. Se vacía por fuera de mí, por fuera de mi vientre y se vuela. Porque el trayecto es infinito. Agotador porque querés sostener, retener. Es agotadora la infinidad porque muerte está en vos. Cierta imagen de la muerte. La otra ladera también es nieve, la misma infinidad. Poco se abren las barreras, y vos no volvés entero. Es el paso ganado. Absorbés el frío. Desmanteló las razones de tu « persona ». Quiero decir: nadie, nadie aquí; es una multitud de lazos, nadie en el seno de una multitud de presencias. Y no hay nada que reunir. Todo está reunido. Enormes distancias superadas que hacen que me abandone. Abandonar esta pantalla. Yo-pantalla. Manos-pájaros en el frío y el pasaje y la esquirla. Y la abertura del sol y el vuelo de plumas nevadas, el salto de un árbol a otro, escuchando la otra voz, su eterno renadío, su manera de dispersar la nada. De deslumbrarme. De matarme así.

¡Destruí el escudo irrisorio!

Así, de nieve en sol, recogerás la única flor y los viajes se abrirán a su perfume de luz. El silencio retorna, abre el cielo. Lleva ese azul profundo que sos, desde la eternidad, vos, el adicto a ese azul. Vos, zurcidor de azul. Vos, cosido de azul.



Nota:
1 Este fragmento sólo se puede traducir completamente con una explicación: Jourdan afirma “Amulettes de paroles, allumettes usées”. Se trata de lo que en francés se llama una contrepetrie, o sea el procedimiento mediante el cual intercambiando dos sílabas o, como en este caso, dos letras (aquí se trata de la “m” y de la “l”) a partir de una palabra se obtiene otra (de “amulettes” surge por intercambio “allumettes”).

 

 

[Presentación de Pierre-Albert Jourdan]

[P.-A. Jourdan: Vida y obra]

[La búsqueda de P.-A. Jourdan]

[P.-A. Jourdan: La escritura como ascesis espiritual]

[Bibliografía de P.- A. Jourdan]